Son las 11 de la noche y el presidente del directorio recibe la llamada que todos temen. Crisis mayor, respuesta inmediata requerida, el CEO pide orientación. En ese momento, con información incompleta y presión máxima, debe tomar una decisión que definirá mucho más que la emergencia inmediata: ¿asume el control directo o habilita al CEO para que lidere?
La intuición de muchos presidentes, especialmente en América Latina donde el rol frecuentemente conlleva mayor involucramiento operativo, es tomar las riendas. Después de todo, para eso está el liderazgo, ¿no? Sin embargo, la evidencia sugiere que esta intuición puede ser precisamente el error que convierte una crisis manejable en un desastre.
La trampa del presidente héroe
Existe una narrativa seductora del presidente que baja a la trinchera, se arremanga y lidera personalmente la batalla. En algunas circunstancias excepcionales, esto es necesario, particularmente cuando el CEO es parte del problema o cuando su capacidad está genuinamente comprometida. Pero en la mayoría de los casos, el presidente que asume control operativo durante la crisis genera más problemas de los que resuelve.
Primero, porque desautoriza al CEO frente a su equipo en el momento donde más necesita autoridad para ejecutar. Segundo, porque el presidente típicamente carece de la información granular y las relaciones operativas que la gestión de crisis requiere. Y tercero, porque al concentrar la atención en lo inmediato, abandona la función estratégica que solo el presidente puede cumplir: mantener perspectiva, proteger la visión de largo plazo y gestionar las expectativas del directorio y los accionistas.
El péndulo latinoamericano
En la región observamos dos patrones opuestos igualmente dañinos. El presidente omnipresente, frecuente en empresas donde el cargo lo ocupa el fundador o un accionista mayoritario, que microgestiona cada decisión y paraliza al equipo ejecutivo. Y el presidente invisible, más común cuando el rol es ejercido por un independiente o un familiar no operativo, que desaparece precisamente cuando su liderazgo institucional es más necesario.
Estudios recientes (ver refeerencia mas abajo) advierten que la centralización en crisis “concentra el poder en los niveles superiores” y que cuando esta persiste, “no solo desmotiva a los ejecutivos, sino que puede poner en peligro los controles y equilibrios” del gobierno corporativo. La figura del presidente es el catalizador natural de esta centralización. Cuando el miedo domina, la tentación de concentrar decisiones en una sola persona es casi irresistible. Pero esa concentración, aunque genera la ilusión de control, frecuentemente produce decisiones peores y más lentas, no mejores y más rápidas.
El equilibrio difícil
El presidente efectivo en crisis opera en un registro diferente al del CEO. Su rol es asegurar que el directorio funcione, que la información fluya, que las decisiones estratégicas no se posterguen indefinidamente, y que exista un interlocutor creíble para accionistas, reguladores y otros stakeholders de alto nivel. Mientras el CEO gestiona la emergencia, el presidente gestiona la gobernanza de la emergencia.
Esto no significa ausencia sino presencia estratégica. Disponibilidad permanente sin interferencia constante. Respaldo visible al CEO sin suplantación. Cuestionamiento constructivo sin parálisis por análisis. Es un equilibrio difícil que requiere contención del ego y claridad sobre los límites del propio rol.
P.D. El mejor presidente en crisis es el que nadie recuerda individualmente, porque lo que recuerdan es que el directorio funcionó.