El guion que todos conocemos
Todos hemos escuchado la historia: una empresa familiar latinoamericana decide “profesionalizarse”. Contratan un CEO de primer nivel, forman un directorio con nombres impresionantes, traen consultores internacionales y coaches ejecutivos. En la superficie, parece el camino ejemplar hacia el gobierno corporativo moderno. Pero detrás del telón, se desarrolla una obra muy diferente.
La realidad es brutalmente simple: cuando el verdadero poder nunca abandonó el despacho del fundador o sus herederos, todo lo demás es simplemente escenografía cara. Y en América Latina, esta representación se repite con alarmante frecuencia.
La anatomía de una decisión imposible
Consideremos un caso real en Argentina: una empresa familiar entre las diez fortunas más grandes del país. El directorio contrata un head hunter internacional de élite que viaja desde el exterior a Buenos Aires. Define meticulosamente el perfil del CEO ideal: experiencia internacional, MBA de prestigio, trayectoria comprobada. El consultor presenta una terna de candidatos excepcionales. Ninguno queda.
Cada director propone entonces “su” candidato, ninguno cumpliendo los requisitos establecidos. Se somete a votación y gana cualquiera. Pero la historia no termina ahí: los coaches privados del dueño le sugieren que el directorio se equivocó, y de pronto aparece un candidato totalmente diferente, surgido de la nada.
El costo de este circo es devastador. Head hunters y asesores cobran decenas de miles de dólares, sino más. Los directores cobran jugosos estipendios por reuniones donde sus recomendaciones serán ignoradas. Los coaches personales facturan por asesoría que socava sistemáticamente las decisiones formales. Quince candidatos de alto nivel han sido entrevistados y expuestos al mercado. Todos ven que al final se eligió a alguien que no se parece en nada al perfil indicado. El daño reputacional es inmenso. Los buenos candidatos no volverán.
El problema no es la familia; es la cobardía institucional
¿Por qué sucede esto? Existen dos explicaciones, ambas devastadoras. La primera es obvia: la familia o el controlador simplemente no están dispuestos a soltar el control real, aunque hayan instalado toda la parafernalia del gobierno corporativo profesional. Quieren la legitimidad de las estructuras modernas sin ceder el poder que esas estructuras implican.
Pero existe una segunda explicación aún más tóxica: la incapacidad colectiva de ponerse de acuerdo. Los miembros del directorio, los coaches, los asesores, todos tienen agendas diferentes y ninguno quiere ser quien ponga el cascabel al gato. Nadie se atreve a señalar el elefante en la sala: que el proceso es una farsa, que están tomando honorarios por participar en teatro corporativo, que el verdadero conflicto sobre quién controla la empresa nunca se aborda directamente.
Esta esquizofrenia organizacional genera costos que van mucho más allá del dinero malgastado. Primero, destruye la credibilidad del directorio ante la organización. Los ejecutivos aprenden rápidamente que las decisiones formales son teatro costoso. Segundo, expulsa sistemáticamente al mejor talento ejecutivo. Tercero, crea una cultura donde nadie asume verdadera responsabilidad por las decisiones, porque todos saben que serán modificadas por instancias invisibles.
El negocio de la gobernanza cosmética
Aquí emerge una verdad incómoda: existe toda una industria que vive de esta farsa. Head hunters y asesores que cobran pequeñas fortunas por procesos que saben no llegarán a buen puerto. Directores que aceptan posiciones sabiendo que su voz será meramente decorativa. Coaches y consultores que facturan por asesoría que perpetúa el problema en lugar de resolverlo. Todos tienen un incentivo para que el teatro continúe.
La pregunta entonces no es técnica sino moral: ¿están estos profesionales realmente sirviendo a la empresa, o están cobrando por participar en una simulación que daña sistemáticamente la organización?
Hacia una gobernanza honesta
La solución no es eliminar la influencia familiar, ni siquiera necesariamente reducirla. La solución es la honestidad institucional brutal. Si la familia quiere mantener control absoluto sobre decisiones estratégicas, que lo diga abiertamente y diseñe estructuras que reflejen esa realidad. Si existen conflictos no resueltos sobre quién controla qué, que se pongan sobre la mesa y se resuelvan explícitamente, antes de gastar decenas de miles de dólares en procesos condenados al fracaso.
La transparencia sobre el modelo de poder real permite atraer ejecutivos que acepten trabajar en ese contexto específico. Permite contratar solo los asesores que realmente agreguen valor. Y sobre todo, permite que quienes toman las decisiones reales asuman la responsabilidad completa por los resultados.
Para reflexionar en su empresa familiar
¿Cuánto dinero han gastado en consultores y honorarios de directores en los últimos tres años? ¿Cuántas de esas recomendaciones se implementaron realmente? ¿Su directorio toma decisiones reales o solo valida decisiones previamente tomadas en otros ámbitos? ¿Existen conflictos de poder no resueltos que nadie se atreve a mencionar? Y la pregunta más incómoda: ¿cuántos de sus asesores seguirían cobrando si ustedes decidieran enfrentar honestamente cómo se toman realmente las decisiones?
La gobernanza corporativa en empresas familiares latinoamericanas no fracasa por falta de estructuras o asesores. Fracasa por falta de honestidad brutal sobre cómo realmente funciona el poder.
P.D. La próxima vez que su empresa contrate un head hunter internacional o agregue otro director, háganse esta pregunta simple: ¿estamos genuinamente dispuestos a implementar lo que recomienden, o estamos pagando por tranquilidad de conciencia? La respuesta honesta a esa pregunta les ahorrará mucho dinero y mucho daño reputacional.