Hay un patrón curioso en los talleres de directorio: los presidentes subrayan siempre los mismos pasajes de Directorios en Acción.

No son los capítulos sobre estructura ni los de buenas prácticas, esos se leen con la cortesía con que se lee un manual. Los pasajes subrayados, anotados y fotografiados con el teléfono son otros.

Se subraya lo que se reconoce, no lo que se aprende

Ahí hay una lección que va más allá de mi libro. Un lector no subraya lo que no sabía; subraya lo que sabía pero no se había atrevido a nombrar. El lápiz marca el momento en que una intuición incómoda encuentra, por fin, palabras.

Después de años observando ese veredicto en los talleres, los pasajes marcados caen siempre en tres familias:

  1. El poder que no aparece en el acta — cómo las decisiones reales se toman antes de entrar a la sala, y el directorio ratifica.
  2. Las malas noticias que aprenden a llegar tarde — cómo la información se filtra sin que nadie mienta, solo anticipando la reacción de la mesa.
  3. El consenso como anestesia — cómo la cortesía, especialmente en nuestra región, se disfraza de acuerdo y desactiva la supervisión.

Que sean siempre esas tres dice algo: son las verdades que un director vive a diario pero rara vez encuentra articuladas. Reconocerlas es liberador. Y ponerle nombre a una dinámica es el primer paso — el indispensable — para rediseñarla.

El libro que los lectores editaron

Ningún autor elige qué partes de su libro importan; lo deciden los lectores con el lápiz. Así que hice lo obvio: seleccioné esos capítulos más subrayados y los dejé en un PDF de descarga inmediata, gratis. Tres décadas y más de 180 empresas, condensadas en las páginas que los propios directores eligieron como las más útiles.

Si respondió el diagnóstico hace dos semanas, estos capítulos son la continuación natural: donde el informe le mostró el punto ciego, el libro le muestra el mecanismo.

Para reflexionar en su directorio:

P.D. Un presidente me dijo una vez que el libro le sirvió menos por lo que aprendió que por lo que pudo, por fin, nombrar.

Lo que no se nombra en un directorio no se puede rediseñar — y suele ser, justamente, lo que más importa.

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