Para mis enemigos… la ley

El prestigio y funcionamiento de las instituciones está en juego y nuestro gobierno tiene en sus manos el resultado final. Podríamos terminar celebrando un enorme avance institucional o parafraseando a un célebre dictador latinoamericano: “Para mis amigos todo y para mis enemigos el peso de las instituciones”.

No hay ninguna duda de que el año 2015 será recordado por mucho tiempo y que marcará una “antes” y un “después”. Un punto de inflexión en el funcionamiento de las instituciones. Sin embargo, todavía no sabemos si el recuerdo será para celebrar o lamentarse y el gobierno tiene en sus manos el desenlace.

Por un lado, el 2015 podría ser recordado como el inicio de una “era de oro” de las instituciones. Una era donde ni el poder económico, ni el poder político, ni el poder mediático sirven ya para eludir el peso de la justicia. La igualdad absoluta ante la ley.

Así, por ejemplo, hace unas semanas vimos en los medios que un importante político, ex senador y líder de uno de los partidos más poderosos ha sido condenado por delitos tributarios. Varios otros parlamentarios han debido declarar ante la justicia, pagar multas y ser víctimas del escarnio público.

También vimos este año en televisión cómo un juez fustigaba severamente a dos grandes empresarios por delitos tributarios. En los mismos canales vimos en vivo su ingreso a prisión preventiva y cómo sufrieron humillantes insultos de la turba.

El 2015 también marcó un antes y un después para los grupos empresariales más poderosos del país. Varios de ellos han debido admitir sus errores públicamente, ver su reputación manchada e incluso arriesgar sanciones ejemplares.

A los poderosos en otros ámbitos sociales también se les ha removido el piso. Unos carismáticos y otrora influyentes clérigos han debido someterse a la justicia ordinaria por conductas reñidas con la moral. De la misma manera, y en sólo unas semanas, la dirigencia que llevó el fútbol chileno a la gloria en la Copa América fue decapitada después de revelarse una sucesión de millonarias coimas y chanchullos.

¿Viva las instituciones? Quién sabe. El partido todavía está en juego y aún no podemos cantar victoria. El riesgo de una derrota estrepitosa para el prestigio y funcionamiento de las instituciones aún es posible. El gobierno tiene la pelota y su compromiso con reforzar las instituciones, por el momento momento, no ha resultado muy productivo.

Así es como varios de los escándalos señalados más arriba motivaron la creación de un “Consejo asesor presidencial”. Debían proponer medidas contra los conflictos de interés, el tráfico de influencia y la corrupción. Trabajaron con un tesón y sentido de urgencia ejemplares. Sin embargo, las 21 medidas que fueron lanzadas con fanfarria entraron por un oído del gobierno y salieron por el otro. Hasta ahora nada.

A pesar de que se ha reconocido que el financiamiento irregular a la política ha sido un fenómeno transversal en los partidos, hasta ahora parece que nuestras instituciones han tenido una mirada sesgada. Resulta curioso, por decir lo menos, que los únicos empresarios y políticos sancionados por la justicia por este tipo de delitos sean de la misma tendencia política (de oposición al gobierno).

En otros casos también parece que el azar juega a favor del gobierno. En todos aquellos procesos donde personeros de gobierno o parlamentarios de izquierda han recibido financiamiento irregular, los únicos sancionados han sido las empresas que aportaron los recursos.

Suma y sigue. Por un lado el principal ente fiscalizador del Estado, la Contraloría General de la República permanece acéfala desde hace meses. Por otro, el propio poder Ejecutivo cuestiona la legitimidad del Tribunal Constitucional cuando falla en su contra.

El prestigio y funcionamiento de las instituciones está en juego y nuestro gobierno tiene en sus manos el resultado final. Podríamos terminar celebrando un enorme avance institucional o parafraseando a un célebre dictador latinoamericano: “Para mis amigos todo y para mis enemigos el peso de las instituciones”.

Publicado en El Libero, 16 de diciembre de 2015

Articulo en El Libero

Directorios, diversidad y grouphtink

Vale la pena entonces preguntarse el papel que jugó el groupthink en las fallas empresariales recientes y si una mayor diversidad en los directorios las habría prevenido

La composición de los directorios de las empresas chilenas resulta sorprendentemente homogéneo. Más del noventa por ciento de los sillones son ocupados por hombres. Según un estudio publicado en El Mercurio, las mujeres son sólo el seis porciento de los directores en el IPSA. Tres profesiones (ingenieros, economistas y abogados) provenientes de la dos universidades más tradicionales representan más de tres cuartas partes de los directorios de las grandes empresas. No hay estudios que lo confirmen, pero tampoco es tan difícil adivinar en este colectivo las tendencias políticas dominantes, los barrios donde residen o los colegios donde estudian sus hijos.

La homogeneidad tiene ventajas. Facilita decisiones rápidas y reduce los conflictos, pero también tiende a generar el denominado “groupthink”. Este término, acuñado por el psicólogo IrvingJanis en 1972, describe el proceso en que cada miembro busca ser leal al grupo y promueve decisiones que considera de consenso, aunque no necesariamente sean las más acertadas o racionales.

Estudios recientes realizados en EE.UU. y Singapur demuestran que incluso una pequeña dosis de diversidad previene el groupthink. Los miembros del grupo recuperan la capacidad de razonar con mayor autocrítica y mejora el desempeño colectivo.

Los escándalos empresariales recientes han generado muchas críticas a los gobiernos corporativos. ¿Cómo gente tan competente y seria pudo permitir estas conductas? ¿Cuáles fueron sus pecados de acción y de omisión?

Vale la pena entonces preguntarse el papel que jugó el groupthink en las fallas empresariales recientes y si una mayor diversidad en los directorios las habría prevenido

 

Publicado en El Mercurio, 16 de diciembre de 2015

http://www.economiaynegocios.cl/noticias/noticias.asp?id=211279

Transparencia y Credibilidad en Chile

Primero le sacaron la uña. A las horas le cortaron la primera falange y después la segunda. Al día siguiente cercenaron el dedo. Pasó una semana y amputaron la mano completa. Luego, sin decir tu tía, el cirujano aplicó la sierra a nivel del antebrazo. Al final, y tras un mes en coma, la tortura terminó cuando truncaron el brazo a nivel del hombro.

Este macabro relato es ficticio, pero no es otra cosa que un drama que se presenta a diario en el Teatro  “La Fiscalía” y se titula “Negocios y Política”.

Penta y SQM son la uña del dedo meñique. Desde que hay elecciones los políticos de todos los colores desfilan por las oficinas buscando recursos para campañas. No hay grupo económico que se precie, por los que no hayan pasado el platillo.

Seamos realistas. Cualquier persona con una calculadora puede estimar que los gastos en una elección exceden con creces los límites establecidos. Bastaría con mirar, en ese periodo, los ingresos de empresas de comunicación, publicidad, imprentas y fábricas de letreros para tener un monto aproximado. Al seguir el hilo de las facturas de dichas empresas, el mapa de donantes y beneficiarios estaría claro.

No ha faltado nunca ni la información ni la capacidad técnica de investigar. Lo que ha faltado son las ganas de la autoridad. Se calla un secreto a voces, porque de revelarse, todos los involucrados pierden.

En general, los políticos no son ricos y sus patrimonios no alcanzan para una campaña de alcalde de pequeña ciudad. Muchísimo menos para diputado o senador. Incluso parece que políticos inmensamente ricos también necesitan pasar el platillo.

Las motivaciones y mecanismos son variados. Algunos empresarios han aportado de buena fe para apoyar a gente o ideas que consideran valiosas para el país o para generarle competencia a las que consideran nefastas al bien común. Otros dan dinero como una forma de ganar influencia. Están aquellos que dan sólo a los santos de su devoción y los que quieren estar bien con Dios y con el diablo.

Muchos aportan de su bolsillo personal usando los límites y mecanismos de la ley. Otros ceden a la presión (o tentación) de dar a cambio de boletas y con recursos de la empresa. Son pocos los controladores de grandes empresas que se pueden dar el gusto de enemistarse con el futuro presidente y su gabinete, o su eventual oposición. Sería una imprudencia imperdonable, y el caso Penta -que abrió la caja de Pandora- es un ejemplo del precio a pagar.

Dejemos de torturar al paciente haciendo pequeños cortes y amputemos de una vez. Que las empresas entreguen al SII toda información sobre aportes a políticos con boletas o facturas en los últimos diez años. Que paguen todos los impuestos, intereses y multas que correspondan. Después, que el SII entregue al público la información detallada de los montos y los políticos (o sus representantes) que recibieron dichos recursos.

Las consecuencias pueden ser tremendas. Muchos verán su prestigio dañado y quizás caigan figuras emblemáticas y valiosas. ¿Borrón y cuenta nueva? ¿Acuerdo entre la Nueva Mayoría y la Alianza? ¿Comisión Engel? Ninguna será legítima ni sostenible si no se conoce primero la verdad. Quizás perdamos un brazo, pero al menos tendremos una chance de salvar al paciente antes de que se nos muera

Confianza pública y Autorregulación

En los últimos veinte años las ciencias sociales como la educación, sociología, economía, y ciencia política, entre otras, han descubierto el valor de la confianza en el desarrollo de las naciones.

La confianza conecta a los individuos y facilita que surjan motivaciones y conductas para alcanzar objetivos colectivos. Aquellos más confiados actúan de manera más cooperativa ante la incertidumbre, participan en actividades voluntarias, tienen un mayor nivel de satisfacción con su vida, gozan de mejor salud y viven más. Lo mismo ocurre a nivel de los países.

Ante estos hallazgos es irónico pensar cómo en Chile, de forma inconsciente pero sistemática, hemos ido erosionando casi todos los aspectos que afectan la confianza. Si bien parte importante de la responsabilidad recae en los actores políticos, la empresa privada es también cómplice de este deterioro.

No habría de sorprendernos, entonces, que los estudios internacionales demuestren que en Chile en los últimos quince años la confianza ha caído en forma sostenida y dramática. Al igual que caen las confianzas en las instituciones, caen también las confianzas en las empresas y en las personas.

De acuerdo al último World Value Survey, dos de cada tres chilenos desconfían del gobierno y de las grandes empresas; tres de cada cuatro desconfían del Poder Judicial; y seis de cada siete de los compatriotas a quien no conoce personalmente.

Todos pierden en este escenario, en especial la propia empresa privada. Es un mal negocio operar en un ambiente de volatilidad y desconfianza. Se genera un caldo de cultivo para posturas populistas antiempresa. Suben los riesgos, los costos de transacción y el costo de capital. Los grandes proyectos de inversión a largo plazo se hacen inviables. No se genera empleo.

Reconstruir las confianzas es responsabilidad de todos, en especial de los líderes políticos y sociales, pero también de quienes lideran las empresas del país.

Detrás de la mayoría de nuestros escándalos empresariales hay tres elementos en común: la presencia de conflictos de interés; individuos que ceden ante la tentación  del conflicto para obtener ganancias fáciles, cometiendo fraudes y/o faltas a la ética; y, finalmente, los que dirigen dichas empresas que, como cómplices pasivos, no tienen la capacidad o la voluntad de prevenir, detectar y sancionar las malas conductas.

Los directorios de las empresas deben dictar estrictos códigos de conducta para sí y para quienes allí trabajan. El código debe abordar, al menos, tres aspectos: (i) sobre la prevención, detección y tratamiento de los conflictos de interés; (ii) sobre las relaciones con empresas competidoras y la prevención de conductas contra la libre competencia; y, (iii) sobre los derechos de los clientes y proveedores y cómo se deben resguardar.

Por otro lado, a nivel gremial también se deben generar marcos generales de autorregulación para sus asociados. Tanto o más importante que el contenido de estos códigos, es que sean resguardados por entidades con el poder y la independencia para actuar y eventualmente sancionar.

A pesar de que el tema de la autorregulación ha llenado muchas páginas de tinta, en la práctica la empresa privada en Chile está al debe. Es momento de actuar con determinación antes de que el deterioro de las confianzas sea irreversible

Empresa privada y el segundo tiempo

El Mercurio 15 de julio de 2015

De las cien economías más grandes del mundo, cuarenta son empresas privadas.
Las ventas de WalMart son cercanas al PGB de Argentina superando a Colombia
o Singapur. En Chile, veinte empresas tienen ingresos equivalentes a la
mitad del PGB.

Más allá de pagar impuestos o generar empleo, la empresa privada tiene los
recursos, talentos y agilidad para ser la mayor fuerza de desarrollo y
progreso social. Cualquier gobierno que la ataque se está disparando en un
pie y negándole un futuro mejor a sus ciudadanos.

Las empresas pueden trabajar de la mano del gobierno y ser una fuerza de
cambio social, pero también deben cumplir con las demandas de clientes,
inversionistas y reguladores. No se puede destruir la esencia de su éxito.

En la etapa que acaba de iniciar la presidenta el viernes pasado deberían
buscarse formas creativas de que gobierno y empresa privada remen en la
misma dirección.

Original en: http://www.economiaynegocios.cl/busqueda/noticia.asp?id=162675

No hay mas sordo que el que no quiere oir

El Mercurio, lunes, 10 de agosto de 2015

En el verano del 2013 un grupo de policías antidisturbios se dirigió a disolver una protesta en las afueras de un gran hotel en Los Ángeles. Allí se celebraba la conferencia anual de la Asociación Graham Bell para la Sordera y Dificultades de la Audición. En ese lugar se desplegaban las últimas tecnologías y se planteaba la posibilidad de terminar definitivamente con la sordera.

Aunque parezca increíble, los manifestantes eran todas personas sordas y se oponían tenazmente a la idea de “curarse”. Valoraban su condición como totalmente normal, con su cultura y su lenguaje propio.

Si bien, los manifestantes de la historia están en todo su derecho a perseverar en su sordera, quienes dirigen nuestro país no. La cifras de la economía, los expertos internacionales, el mercado y las familias de Chile hablan fuerte y claro contra unas malas reformas. Por favor, dejen de hacerse los sordos.

No hay ninguna duda de que nuestro país requiere reformas, algunas muy profundas. Nuestra educación es mala, en especial la de los más pobres. Las leyes tributarias son complejas y anticuadas, lo que sirve para que algunos se aprovechen. La legislación laboral tampoco está a la altura de los tiempos. Todos estamos de acuerdo con hacer reformas como una declaración de principios.

Sin embargo, esto no debe ser interpretado como un cheque en blanco para dejarse llevar por ideologías monocromáticas y atarantarse sin escuchar razones.

Alguien sabio una vez me dijo que el rasgo distintivo de los países desarrollados es que en ellos cada detalle -desde la vida cotidiana hasta las instituciones y las leyes- había sido analizado y diseñado a fondo por la gente más capaz.

Porqué entonces no dedicamos el tiempo y la energía que se merecen temas tan importantes como la educación que reciben nuestros hijos, las condiciones que regulan nuestro trabajo diario o los derechos que tiene el Estado a meterse en nuestro bolsillo.

Original en: 

http://www.economiaynegocios.cl/noticias/noticias.asp?id=171772

El Rol de la Empresa Privada en los Problemas Sociales

El Mercurio, 1 de septiembre de 2015

La semana pasada, durante la celebración del Día Nacional de la Educación Técnica Profesional nuestra presidenta instó a los empresarios a involucrarse más en este segmento de la educación.

En efecto, las empresas pueden ser un enorme agente de transformación y mejora de la sociedad. Basta ver iniciativas privadas como el INACAP o la Asociación Chilena de Seguridad que, desde su creación, han mejorado la calidad de vida de millones de personas. Un marco de reglas estable y coherente, unos incentivos bien puestos y la creatividad empresarial siempre se las ingeniará para solucionar una necesidad insatisfecha.

Hoy en el mundo moderno florece la “Social Innovation”. En ésta los gobiernos y las ONG’s buscan trabajar con empresas privadas para resolver los grandes desafíos de la sociedad. En Chile la señal a los empresarios es opuesta; repliéguense de los temas sociales o subyúguense al Estado.

El campo de la “Innovación Social” tiene varias corrientes y definiciones. Sin embargo, podemos reconocer tres elementos en común: (1) el diseño y provisión de nuevas soluciones a problemas sociales que son más eficaces, eficientes y/o sostenibles; (2) que el valor creado por dichas soluciones es distribuido ampliamente en la sociedad y, en consecuencia, no resulta capturado por un actor en particular y; finalmente, (3) que se genera en la interacción colaborativa entre empresa privada, gobierno (local, regional o nacional) y organizaciones sin fines de lucro.

Si quiere saber más sobre Social Innovation le recomiendo ver estos breves y didácticos videos

https://youtu.be/emipVpTXV0o

Mentiras Privada y Mentiras Públicas

En Chile, la mentira hace un rato que se salió de madre, dejó de ser benigna y propia de individuos tratando de salvar la cara. Hoy vemos a diario que voceros y cúpulas intentan sostener afirmaciones que ya nadie cree.

 

Los misterios de un computador al que se le borró el disco duro, connotados políticos que niegan que hayan sido financiados por empresarios y los motivos puramente personales para regresar a Europa de un famoso jugador de la Selección tienen un factor en común. Recientes investigaciones en psicología y neurociencias han demostrado que, a pesar de que sabemos que está mal, la gente miente y con frecuencia. A los seis meses de vida un niño ya es capaz de engañar y a los cuatro es bastante co mpetente para mentir.

La evidencia empírica indica que más de la mitad de la gente exagera o directamente falsea su currículo. De hecho, como demostró la prensa en su momento, nuestra Presidenta y su principal rival en la última elección también cayeron en dicha tentación. Más de cuatro quintos de los perfiles y fotos en las redes sociales contienen distorsiones y retoques que nos hacen ver más atractivos, jóvenes o inteligentes.

La mentira es parte de nuestra adaptación evolutiva. Se miente para salir de situaciones incómodas, ganar alguna recompensa, proteger los sentimientos de otras personas, preservar o reforzar una alianza. Se oculta la verdad para aumentar el prestigio social y evitar problemas. Esta “cualidad” no es exclusiva del hombre, ya que incluso otros primates, delfines y algunas aves son también capaces de engañar.

Las investigaciones, asimismo, demuestran que aquellos en posiciones de liderazgo son especialmente susceptibles a mentir. Así por ejemplo, la última biografía de Steve Jobs lo describe sin tapujos como un mentiroso excepcional, capaz de “distorsionar la realidad” en forma dramática.

Afortunadamente la psicología demuestra también que la mayoría de nuestras mentiras son “benignas”, no buscan dañar a nadie y sirven para suavizar las relaciones interpersonales.

El caso de Chile es más patológico. La mentira hace un rato que se salió de madre, dejó de ser benigna y propia de individuos tratando de salvar la cara. Hoy vemos a diario que voceros y cúpulas intentan sostener afirmaciones que ya nadie cree.

Algunos ejemplo recientes: En julio estábamos en horario de verano “para no molestar a la gente con cambios”. La hipertrofia del Estado no es para generar clientelismo ni favorecer a personeros de los partidos gobernantes. La colusión y el uso de información privilegiada en Chile han sido algo francamente excepcional. Las instituciones funcionan. Los niveles de delincuencia son sólo una “sensación”. La intimidación y la quema sistemática de camiones y predios en La Araucanía no es terrorismo. No hay ningún sesgo político en el actuar de la Fiscalía ni en la autorización de marchas ciudadanas.

No debe sorprendernos después la descomposición social que emerge como consecuencia. Según estudios internacionales, los niveles de confianza interpersonal han caído a la mitad en 30 años. El prestigio de las instituciones también está en el suelo. La amplia mayoría de los ciudadanos desconfía de los organismos públicos y la justicia. Por último, también existe un cuestionamiento creciente a la legitimidad de quienes ocupan cargos de autoridad. El gobierno, los parlamentarios y los políticos baten récords históricos en el nivel de rechazo y desconfianza que despiertan entre la ciudadanía.

Las investigaciones en ciencias sociales demuestran que para generar una cultura de confianza, el primer paso es desterrar el miedo a decir la verdad. Para ello las elites que originan el problema deben ser parte de la solución. La evidencia sugiere que la clave para reconstruir confianzas es que quienes lideran reconozcan públicamente sus propios errores. Al final del día resulta poco realista que un líder espere de sus seguidores unos estándares que no aplica consigo mismo.

La recuperación de las confianzas y el cambio de rumbo sólo podrán iniciarse cuando nuestros líderes políticos, sociales y empresariales comiencen a poner la cara, llamar a las cosas por su nombre y decir la verdad, aunque duela.

Publicado en El Libero 13 de septiembre de 2015

http://ellibero.cl/opinion/mentiras-privadas-y-mentiras-publicas/

Rescatemos las Instituciones

Más allá del PIB per cápita eran las instituciones las que nos distinguían de nuestro países de la región. Hoy las diferencias se acortan aceleradamente, y no precisamente por méritos de los vecinos.

 

En los últimos cuarenta años Chile experimentó un crecimiento económico sin precedentes en la historia. También reforzó sus alicaídas instituciones económicas, judiciales y políticas. Al menos eso creíamos.

El telefonazo a Barrancones, la ejecución política de Hidroaysen, el foco prácticamente “unidireccional” de la Fiscalía, los acomodaticios cambios de doctrina del SII y meses de acefalia de la Contraloría dejan en evidencia un grave deterioro de la institucionalidad.

La sociología, la historia y la economía nos demuestran una y otra vez que las instituciones son fundamentales para el progreso y estabilidad de las naciones.

Más allá del PIB per cápita eran las instituciones las que nos distinguían de nuestro países vecinos. El respeto a la propiedad privada, la imparcialidad de instituciones regulatorias y judiciales nos distinguían. Hoy las diferencias se acortan aceleradamente, y no precisamente por méritos de los vecinos.

Nuestros líderes políticos, de todos los colores,tienen la responsabilidad de velar por el funcionamiento y prestigio de nuestras instituciones y están faltando gravemente a su deber. Por favor, dejen de pensar en reformas con beneficios electorales de corto plazo y preocúpense de las instituciones antes de que sea demasiado tarde.

 

Publicado en El Mercurio, 22 de septiembre de 2015, Página B4

Un país no se construye en cuatro años

Necesitamos que a nuestros gobernantes les vaya bien, muy bien. Sin embargo, si los tres últimos presidentes fueron electos bajo fuertes consignas de cambio, queda en evidencia que el cortoplacismo de electores y elegidos es el paradigma dominante.

 

Faltan exactamente dos años para que se inicie una nueva campaña por el sillón presidencial y parece que sólo fue ayer cuando escuchábamos las propuestas de los entonces candidatos. Unos planteaban consolidar el modelo que había traído crecimiento, progreso social y la admiración de todo el mundo. Otros un modelo nuevo donde el desarrollo económico se compatibilizaría con una mayor equidad y justicia social.

Hoy qué duda cabe que todos, independiente de sus preferencias políticas, están frustrados. El electo gobierno inició una carrera febril de reformas pero el país se frenó, las inversiones se congelaron y finalmente no estarán los recursos para cumplir con las promesas electorales.

Como consecuencia, connotados personajes de la Nueva Mayoría buscan sobrevivir alejándose de los costos políticos de un chascarro y la Alianza saca cuentas alegres de cómo capitalizará la frustración ciudadana para el 2017. En cualquier caso, no podemos olvidar que el rotundo fracaso de una coalición gobernante no sólo es un triunfo electoral para su oposición. También es un drama de proporciones para el país y su gente.

Necesitamos que a nuestros gobernantes les vaya bien, muy bien. Sin embargo, si los tres últimos presidentes fueron electos bajo fuertes consignas de cambio, queda en evidencia que el cortoplacismo de electores y elegidos es el paradigma dominante.

Un gran país no se construye en cuatro años y los líderes sociales, políticos y empresariales deben empezar a mirar más allá de sus narices y trabajar por el Chile que trasciende a los gobiernos de turno. ¿Por dónde empezar?

Este último año he tenido el privilegio de trabajar como profesor en la Universidad de Stanford. Desde la distancia, no he podido dejar de pensar en Chile y sus desafíos. He estudiado la historia económica y política de países que superaron “la barrera de los ingresos medios” y de otros que en los umbrales del desarrollo involucionaron para caer en un caos. Los hallazgos me sorprendieron y creo que podrían ser útiles para plantear una agenda país más allá de la contingencia.

Más allá de las ideologías, regímenes o políticas macroeconómicas de turno, los países que superaron la barrera y alcanzaron el pleno desarrollo contaban con tres elementos fundamentales que en Chile están deficitarios o, al menos, crujiendo en forma escandalosa.

El primer elemento es que estos países contaban con instituciones fuertes y valoradas. Nadie alcanzó el desarrollo pleno sin ellas. Incluso países favorecidos por grandes riquezas naturales como Argentina, Rusia o Venezuela han chocado varias veces contra la muralla de la falta de instituciones, en ocasiones retrocediendo en forma dramática. Grecia es otro ejemplo de un país al que sin instituciones fuertes la riqueza le duró muy poco.

Como nos han demostrado escándalos recientes, en el caso de Chile las instituciones estaban más débiles de lo que pensábamos. Se hicieron grandes cambios en aspectos para la regulación de los mercados de capitales y el financiamiento a la política, pero nos olvidamos de consolidarlos.

El segundo elemento es que los países que alcanzaron el pleno desarrollo construyeron también sociedades más inclusivas. A partir de doce mil dólares per cápita ya no es la riqueza la que mejor predice las expectativas de vida, la criminalidad, el embarazo adolescente o el alcoholismo. Es la estructura de la sociedad. A modo de ejemplo, con una fracción del ingreso, Chile supera la expectativa de vida al nacer que EEUU.

En este aspecto, nuestro país tiene mucho que avanzar para dejar de ser una sociedad dividida en los ingresos y en las oportunidades. Incluso nuestras ciudades se estructuran en “multi-guettos” estratificados rigurosamente para vivir, estudiar y trabajar. Algunos argumentarán que la desigualdad es producto natural del talento y esfuerzo personal, pero estudios recientes demuestran que más del 60% de las diferencias de ingresos entre dos chilenos se explica por la diferencia de ingresos entre sus padres. En Perú es más del 70% y en Dinamarca es menos del 10%.

En tercer lugar, los países desarrollados cuentan con altos niveles de confianza entre las personas. En Noruega u Holanda, dos tercios de sus ciudadanos están dispuestos a confiar en un extraño. En Chile, sólo uno de nueve. Mientras que en Singapur, en los últimos 30 años la confianza se ha duplicado y en nuestro país ha caído a la mitad.

Instituciones, tejido social y confianza son árboles que tardan décadas en alcanzar la madurez y dar sus frutos. Por lo mismo, es fundamental que nuestros líderes pongan manos a la obra lo antes posible y se dejen de pensar que un país se construye en cuatro años.