En tres décadas mirando directorios por dentro, nunca he escuchado a un presidente decir “mi directorio es el problema”.

La estadística sugiere otra cosa. Según PwC, el 98% de las empresas cotizadas evalúa su directorio — y solo el 36% implementa cambios como resultado. El resto practica un ritual conocido: cuestionarios amables, promedios altos, informe archivado hasta el próximo año. En nuestra región, donde el sesgo de cortesía pesa más que en cualquier manual anglosajón, la farsa es aún más pulida.

Por qué las evaluaciones no incomodan

El problema no es de intención sino de diseño. Las evaluaciones tradicionales miden lo visible: asistencia, materiales, cumplimiento del calendario. Lo que decide el destino de una empresa es invisible. Y lo invisible, después de tres décadas mirando salas por dentro, se organiza en seis arquitecturas:

  1. El poder — si el mapa formal coincide con el real, o las decisiones se cocinan fuera de la sala.
  2. La información — si al directorio le llega lo que incomoda a la administración, o solo lo que la favorece.
  3. El disenso — si discrepar tiene costo social, o es parte esperada del oficio.
  4. La composición — si la mesa responde a la estrategia futura, o a las lealtades del pasado.
  5. La agenda — si el tiempo se dedica al futuro, o a revisar un pasado que ya no se puede cambiar.
  6. La supervisión del CEO — si se evalúa y se prepara la sucesión, o se posterga por incómoda.

Guarde esas seis. Son, en mi experiencia, el 90% de la diferencia entre un directorio que gobierna y uno que ratifica. Ninguna aparece en la evaluación anual típica — y por eso ninguna se rediseña.

Un espejo de cinco minutos

Convertí esas seis dimensiones en un autodiagnóstico: 24 preguntas, cinco minutos, confidencial. Solo tiene que ingresar al cuestionario y al terminar recibe un informe con sus dos dimensiones más débiles, el patrón típico detrás de cada una, y preguntas concretas para su próxima sesión, con lecturas de la biblioteca para profundizar.

Pero aunque no lo responda, ya tiene las seis preguntas que importan. No miden si su directorio cumple la norma. Miden si delibera de verdad.

Para reflexionar antes de responderlo:

P.D. La verdadera prueba de una evaluación no es el promedio que arroja, sino la conversación incómoda que provoca. Si el informe no le incomoda ni un poco, escríbame: significa que su directorio es extraordinario — o que respondió como en las evaluaciones de siempre.

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