Todos admiraban su visión. Nadie revisaba sus números. Bienvenidos al culto al fundador. Y cuanto más brillante parece el fundador, más peligroso es el directorio que solo lo aplaude.

El relato dominante culpa al fundador: su ego, su excentricidad, su exceso. Pero el fundador carismático no es la falla; es el síntoma. La falla es la credulidad estructural del directorio que confunde visión con control y que suspende el escrutinio precisamente cuando más se necesita. Un buen relato no reemplaza a una buena pregunta, y la admiración no es una técnica de supervisión. Donde la narrativa hipnotiza, el deber fiduciario se adormece.

El culto se vuelve catástrofe cuando se institucionaliza. WeWork pasó de una valuación de unos US$47.000 millones, a comienzos de 2019, a retirar su salida a bolsa pocos meses después, cuando el prospecto reveló pérdidas enormes, acciones con voto súper-mayoritario y operaciones de autocontratación (el fundador llegaba a arrendarle a la empresa inmuebles de su propiedad). El directorio no logró restringirlo a tiempo, y la compañía terminó en quiebra en 2023. FTX fue aún más nítido: su fundador, hoy condenado a una larga pena de prisión, operaba prácticamente sin directorio independiente. No había a quién rendir cuentas porque se había diseñado, deliberadamente, para que no lo hubiera.

No es un fenómeno importado. Eike Batista llegó a ser uno de los hombres más ricos del mundo y “el orgullo de Brasil”; su conglomerado EBX prometía hallazgos extraordinarios. Cuando la producción de OGX se desplomó, su fortuna se evaporó casi por completo y la compañía protagonizó una de las mayores quiebras corporativas de la historia de América Latina. El carisma que había hipnotizado al mercado (y también al Estado, a través de la banca de desarrollo) no resistió el primer contacto serio con los números.

Lo más difícil de gobernar no es el fundador que fracasa, sino el que acierta muchas veces seguidas. Cada acierto refuerza la deferencia y debilita el reflejo de preguntar; el éxito pasado se convierte en el mejor anestésico del juicio presente. El directorio que dejó de cuestionar a un fundador brillante no lo hizo por cobardía, sino por evidencia acumulada: “siempre ha tenido razón”. El problema es que «siempre» es, en gobierno corporativo, una de las palabras más peligrosas del diccionario, porque describe un pasado y se usa para apostar el futuro.

El modelo del Triángulo Tóxico (Padilla, Hogan y Kaiser, 2007) lo explica con elegancia: un liderazgo destructivo no prospera por sí solo, necesita seguidores susceptibles y un entorno propicio. El directorio es ese entorno, o es el cortafuegos. Admirar al fundador y supervisarlo no son deberes incompatibles: bien entendidos, son el mismo deber. La pregunta no es si el fundador es brillante. Es si alguien en la sala sigue dispuesto a contradecirlo.

Para reflexionar en su directorio:

El carisma de un fundador no es un activo de gobierno: es un riesgo que el directorio debe administrar.

P.D. El día que un fundador les diga “confíen en mí”, recuerden que el gobierno corporativo se inventó, precisamente, para no tener que hacerlo.

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